miércoles, 3 de junio de 2009

Negra (Poema) - Moisés Muñiz

Negra es la creencia.

Negra es el alma de los hombres.

Negra es la noche cuando se acaba .

Negra la belleza cuando es frívola.

Negra es la libertad que se priva.

Negra es la luz.

El comienzo y el fin.

Negra es la historia.

La nada.

Negras nuestras raíces

Negra nuestra música.

Negra es la magia.

Negras son mis intenciones cuando te veo desnuda

Mi negra.

¿Dónde estarás autora de mis desgracias? (Cuento de Moisés Muñiz)

¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Es cierto que por ti conocí a los más grandes de la literatura, a quienes no quiero siquiera mencionar para no reavivar mi eterno dilema de quién es el mejor, quien es universal y quien no, o cuál es más puro o más original, quien ha influido más en los intentos que he hecho por escribir, en fin, no es el momento de caer en esas tontas discusiones internas que al fin y al cabo me llevan a Melville, Cervantes, Fuentes, Neruda y porqué no, a Márquez, a Kundera o a Suskind, y hasta a Zazo, a Gil o a Messón, que creo no los conoce mucha gente pero que para mí son muy buenos. Pero sigamos con lo nuestro. Decía, ¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Aunque también de mis alegrías y de mis logros; de mis pasiones y mis desenfrenos; de mis sueños. Es imposible pensar en ti sin caer en las mismas reflexiones de siempre: y es que realmente por ti soy lo que soy. Recuerdo aquel día que te conocí. En ese momento comenzó mi carrera loca por la erudición sin ningún fin, sólo para perseguirte y demostrarte (demostrarme) que no eras más que una simple larva de las letras. O ¿qué te crees, que no puedo vivir sin tus descabellados caminos de palabras entrecortadas y sin ninguna esencia literaria? ¿Que tu arte para desmenuzar las grandes obras de los grandes escritores y hacer de sus despojos un montón de disparates, de basura literaria sin ningún sentido, es lo mejor que me ha pasado? Para nada, sabes que te aborrezco y si te tuviera en mis manos te aplastaría como a otro bicho cualquiera con mis brillosos zapatos; sí, ya sé que por ti los tengo también; bueno, a fin de cuentas para ser bibliotecario tengo que vestir bien y poner el ejemplo. Esta es la casa del conocimiento y yo soy su representante, ni modo que ande por ahí mal vestido y mugriento como tú. Yo no. Yo soy un intelectual. Según lo que leí en una enciclopedia virtual (si, ya sé que no sabes qué es), “el intelectual medita, reflexiona, discurre, se inspira, goza, busca, investiga, analiza, discierne, desmenuza, razona, contrapone conceptos, filosofa, organiza las ideas, proyecta, imagina, especula, atribuye causas a los efectos y efectos a las causas, interconecta fenómenos, en fin, hace uso de las limitadas, pero a la vez, vastas capacidades de la mente humana”. Eso es lo que yo hago y he hecho después de que te conocí. Sin embargo, tú no. Tú ni siquiera te acercas a ese término tan profundo y selecto. Quizás podrías llamarte una outelectual.

Pero, ¿Dónde estás mal nacida? Te he buscado entre todos los estantes de esta inmensa biblioteca, en todos los archivos, en todas las gavetas, en todas las cajas, en el piso, en el falso piso, entre las paredes, en todos los rincones de este salón del saber y no sé de ti. Y pensar que todo empezó con ese insignificante librito. Ese día estaba desempolvando los estantes de la segunda planta cuando me encontré con ese pequeño tomo escrito por ti. En esos tiempos todavía no era “El Bibliotecario” de la más grande biblioteca de la ciudad. Era un simple amo de llaves (porque siempre me han gustado los títulos) y nadie me tomaba en cuenta. Antes de abrirlo, en la portada, ya había sido cautivado por la huella imborrable de tus trabajos. Luego pasé página por página, siguiendo con cuidado y una curiosidad enfermiza el trazo de tus ideas y me fue imposible detenerme hasta que llegué a la última, esa que dice fin. A partir de ese momento me convertí en tu cazador. Hace ya más de treinta años que ocurrió ese encuentro contigo (ese encuentro conmigo mismo ya que me puso en el camino del saber) y hace treinta años que dejé de barrer para leer. Pero hace treinta años que no te encuentro.

Recuerdo el día en que el director, al verme pasar más tiempo con un libro en las manos que con la escoba, me ofreció el cargo de asistente. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero no por el hecho de tener otro tipo de empleo, o de ganar más dinero, sino por estar más cerca de ti. Ahora tenía licencia para cazarte.

Desde ese día te he buscado sin ningún resultado. He pasado y repasado las páginas de cada uno de los volúmenes de este sagrado recinto y no he podido encontrarte. He recorrido cada una de las librerías, bibliotecas y compra ventas de libros tratando de dar contigo pero he fallado. Me he topado con tu trazado en muchos de los libros que he devorado ávidamente. Tus rastros se ven por todos lados en cualquiera de los grandes clásicos, en los contemporáneos y hasta en los inéditos, pero aunque es tu firma, no eres tú, no es tu nombre. ¿O será que no quiero entenderte cuando me hablas? Como aquel día (aquella vez) cuando leía “Las mil y una noches” y siguiéndote de cerca en cada una de sus palabras, en cada una de sus páginas, como si hubiesen sido escritas por ti, me encontré con esas palabras interrumpidas en las últimas páginas del libro.

En la página ochocientos treinta y cinco del primer volumen de la primera edición de mil novecientos setenta y dos, en la oración que comienza con “Oh madre de Abdalah”, faltaba la letra h. En la página ochocientos treinta y siete, en la misma ubicación anterior, donde se lee “Azogue dijo”, faltaba la letra u. Luego en la página ochocientos treinta y nueve, de igual forma, en el mismo lugar de las palabras anteriores (como si hubieses atravesado con tu lengua de carpintero simétricamente cada una de ellas a propósito) en la palabra “mago”, faltaban las letras m y a. En la próxima, la ochocientos cuarenta y uno, en la continuación de la palabra “desenvainó”, la letra n y la o no estaban. En la página ochocientos cuarenta y tres, en la palabra “contemplaciones” no se veía bien la letra o. En las últimas dos páginas, en la ochocientos cuarenta y cinco y ochocientos cuarenta y siete no faltaba ninguna letra, pero un pequeño agujero parecía señalar dos palabras que terminaban la oración junto a las otras letras puestas en orden: estas palabras eran amaestrados y mono. Con los años de lectura había desarrollado una habilidad única para formar palabras con letras de diferentes oraciones sin darme cuenta, como si tuviera otro par de ojos siempre atentos a este inútil juego, y al ver estas me asusté tanto que cerré el libro y no volví a leer por una semana. Juntas decían “humanó o amaestrados mono”. Pero mi rigor crítico me permitió leer “humano o mono amaestrado”.

Ese incidente fortuito no hizo más que agravar mi locura por encontrarte y continuar mi búsqueda, perdido entre las páginas de un libro, periódico, revista o cualquier documento que contuviera letras y papel. En todos encontraba tu rastro, tu estilo único de escribir, tu influencia, tu firma, pero en ninguno estabas tú. Sólo tu olor.



Aunque no te conozca, eres mi autora más admirada, la más universal, la más genial. Creo que nadie te ha admirado ni deseado más que yo, aunque sólo sea para aplastar tu cabeza de insecto y ver toda tu materia gris desparramada entre las páginas de tus propios libros.

¿Dónde estarás, autora de tantos crímenes literarios, de tanto genocidio intelectual? ¿Dónde estarás maldita larva come libros?

Días de lluvia - Óscar Zazo

No debería ser tan triste,
La belleza bucólica del cielo gris,
ni el relativo brillo que la lluvia deja
en las hojas, en los tejados o en el asfalto.

No debería ser tan triste
el olor a sumisa tierra mojada,
que me transporta a otros tiempos,
ni el sonido monótono
de las gotas contra el tejado
que llega a mis oídos
como una melodía decadente
con sabor a vieja canción.

No debería ser tan triste
mi fijación distraída en la gota
que perezosamente baja
por el cristal de mi ventana,
ni tampoco, el esperar lánguidamente
a que las sombras lo invadan todo
permitiendo ya solo intuir
los tonos grises color de lluvia.

No debería ser tan triste,
pero en los días lluviosos,
los sonidos, los olores y los colores
solo me hablan de ausencias
que se bebieron mi alma.

martes, 21 de abril de 2009

La respuesta de Moisés Muñiz

Queridísimos, mi intención con esta espístola no es sembrar el desazón
o la intriga, pues por mi decora, no me atrevería a tal cosa y mucho
menos dirigiéndome con la propia a tan ilustrado conjunto de
homogéneos; presto estoy como siempre, si es que esta expresión es
válida dentro mi inquietud, a cumplir fervoroso y apasionado a los
votos de tan privilegiada liga de las letras, los designios que la
madre de las musas nos tiene reservados en tan distinguido clan y para
más no decir, que también a entegarme al solaz con la indudable ayuda
de ciertas bebidas espirituales que esplendorizan las ocurrencias de
vosotros, hasta el punto de deslucir el idioma y el trato literario
que nos caracteriza, obligándonos a revolcarnos invariablemente con la
inmundicia que atañe a los simples mortales que nos rodean, tales como
aquellos seres motorizados y nereidas de la noche mecionados en
anterior misiva, que dicho sea de paso fue escrita por uno de aquellos
que reponde a mi más alta estima, respeto y consideración, y que sin
embargo es la razón de mis especulaciones en torno a este debate
interno que me mortifica hasta lo más profundo de mi alma llana y
simple.

Quisiera pues, luego de reconfirmar mi fiel asistencia este jueves 8
de enero del 2009 a las 10:00 p.m. en punto al encuentro con sus
agraciadas y merecidas personas, que alguno de ustedes (si por la
casualidad o la causalidad de las cosas el promotor de mis reflexiones
no acude a este llamado) responda a esta, mi interrogante que
martiriza mis sentimientos y me ha dejado frágil y confuso:

¿A qué os referís cuando decís, y cito literalmente, - Se aconseja que
alguno de los miembros traiga "posibles" si es que acaso falta Moisés
-.
¡Oh, amarga musa de los sinsabores! ¡Que palabra tan hiriente!

Os pido su pronta respuesta al respecto para conciliar mi cordura,

sin ninguna afectación por nuestra parte,

queda francamente de ustedes

su servidor entrañable de siempre,

el "posible" Moisés Muñiz.

Invitación de Oscar Zazo

Muy señores mios:

Por medio de esta misiva, se comunica a los distinguidos miembros del Grupo Jueves Literarios de Sosua (tendente a la canalla poética y a otras actividades afines de utilidad y moralidad dudosa), que a partir de este jueves 8 de enero, a las 10 p.m. en punto pasadas, recuperan su condición de contertulios, con derecho a leer textos ajenos y aún los propios, a escuchar estóicamente, a repetir los chistes de siempre, e incluso a opinar sin riesgo a las represalias.

Tan selecto grupo mantendrá la dirección social habitual (la primera mesa de la derecha del bar P.J´s) que previsiblemente continuará estando amenizado con el trasiego de trabajadoras nocturnas, y las melodías de tres bares adyacentes, aderezado con los entrañables escapes de los motoconchos.

Sin otro particular y esperando contar con la inestimable presencia de todos, me despido muy atentamente.

P.D. Se aconseja que alguno de los miembros traiga "posibles" por si acaso falta Moisés.

Llamado a las reuniones. Enero 2009

A finales de diciembre del año 2008 fueron canceladas algunas reuniones de los jueves, debido a las festividades navideñas. Pero a principios de enero del corriente años el compañero Oscar Zazo hizo un llamado vía correo electrónico para que las reuniones se reanudaran el próximo jueves a lo cual le siguió la respuesta de Moisés Muñiz. Ambos e-mails son reproducidos aquí, que su contenido es digno de recordar estampado en bronce y se difundido a medio mundo este, nuestro casi anónimo blog.

lunes, 6 de abril de 2009

Declaración de los Jueves Literarios

No es que sobren las posaderas semidesnudas y los pechos
abiertos, o la música a decibeles jamás escuchados, tampoco
propugno la abolición de los motoconchos suicidas, pero es
determinante que surja una nueva propuesta para el equilibrio
natural de las cosas, y sobre todo para esta comunidad que
chapotea en el mar del caos y la destrucción (sin achacar tal
axioma a los seres y cosas anteriormente mencionados). Es
por tanto justo y necesario que en Sosúa exista un grupo de
locos que apuesten por las letras y el conocimiento en general.
Esta soberbia y valiente propuesta de estos hijos de Abraham,
en probar que existen al menos diez justos vivos en esta nueva
representación de Sodoma y Gomorra es, sin lugar a dudas,
una santa acometida que promete resultados, quizás no tan
convincentes como las armas de Dios, como aquella lluvia de
fuego y azufre que incineró por completo la antigua ciudad del
génesis y convirtió en estatua de sal a la esposa de Lot, pero
sí tan poderosa como una fuerza volcánica de la pluma y del
papel o en su defecto de un simple ordenador y Word. Estos
sonámbulos de las letras son en realidad excéntricos creyentes
de la selección natural de las especies, y aseguran fervientemente
que la supremacía del conocimiento Þ nalmente dominar
á sobre la ignorancia y la falta del saber. No parecen tan ilusos
cuando se les ve debatiéndose entre las garras de la barbarie y
el oscurantismo, cuando se reúnen cada noche de cada jueves,
decididos a defender sus ideas en el propio terreno enemigo,
haciendo frente a sus propios demonios, luchando contra las
mil y una tentaciones que les rodean, contra el implacable bombardeo
de esos que intentan hundirlos en los mares del deseo y la perdición. Estos caballeros sentados no tienen ojos para las posaderas semidesnudas y los pechos abiertos, tampoco tienen
oídos para las estentóreas ráfagas de la música caníbal y mucho
menos, (aunque no por estar al Þ nal de este argumento tienen
menos importancia) mucho menos para aquel solapado pero
invasivo ataque letal del motoconcho, asesino de tímpanos. A
altas horas de la noche, justo en medio del caos, estos eunucos
del mundanismo tienen todos sus sentidos y su fe puestas en
la literatura, la ciencia, la razón, el arte y por supuesto la humanidad;
no hay forma de corromperlos, su mente y su cuerpo
son santuarios incapaces de ser violados por las hordas de la
incultura.

No es humana la lucha, a juzgar por sus rostros mutados
por el dolor y la fatiga. Pero cuando sus ánimas alcanzan el
cénit y vuelan libres sobre la inmundicia y la mediocridad hacia
el paraíso del conocimiento, es entonces cuando se produce la
transformación y pueden verse gigantes siluetas de héroes épicos
con armaduras a rayas, diezmando con sus armas letrales
a la vasta legión de orcos iletrados prosélitos de la ignorancia
y la insensatez.

Por eso digo, es justo y necesario, en verdad es justo y necesario
que hayan surgido jóvenes aguerridos como estos locos
inadaptados, que aparentemente pasan desapercibidos en medio
de la pecaminosa vorágine secular de este pueblo, pero que
en realidad apuestan con sus vidas por la cultura, por la instituci
ón del saber y no por la prostitución del mismo; que apuestan
por un pueblo limpio y sano como su océano, que apuestan
por Sosúa y no por un nuevo Sodoma y Gomorra.