domingo, 13 de junio de 2010

La Sombra entre mis Sábanas - Minelys Sánchez

Tropecé con su mirada esta mañana y quise morir de verg
üenza. Me sentía asquerosamente culpable. No podía mirarlo,
no. Hacía tanto tiempo que me vigilaba. Se paraba frente a mi
cama todas las noches. Pero mamá y Lorenzo, juraban que era
sólo el producto de mi miedo. Cierto. Siempre me asustaba la
oscuridad y me aterraba que mi madre se alejara.


Ayer noche, desde que mamá salió, la sombra se metió entre
mis sábanas. Se tendió a mi lado y metió una mano entre mi
ropa íntima. Su dedo gordo y caliente se deslizó en mis partes.
Un calor placentero me invadió toda y me ablandé como spaghetti.
-¿Te gusta?- me susurró al oído y su respiración fogosa
me abrió la carne y me endureció los senos recién nacidos. –Sí-,
contesté temblando.

Apoyó un hierro duro y ardiente en mi trasero y lo rozaba
con la misma velocidad con que el dedo agitado iba y venía más
y más hasta que roncó como si le clavaran una puñalada y se
dejó caer sobre mí, medio muerto.

La sombra partió en silencio. Y yo quedé ahí. Confundida.
Mojada. Y nunca más he podido mirar al tío Lorenzo.

martes, 9 de marzo de 2010

Todo incluido - Minelys Sánchez - Cuento

Harto del súbete y disfrútame, única fantasía erótica que su cuerpo le permitía, Lothar, atraído por documentales que ofertaban, sol, playa y sobre todo, mujeres hermosas, decidió comprar un “paquete” e irse de vacaciones al Caribe.

Romina llevaba varios años en esta aldea sacudida por el turismo en masa, haciendo múltiples oficio para sobrevivir como madre soltera de tres hijos. Ignorando los consejos de su abuela Teresa que en momentos difíciles le decía: - Romina hija mía óyeme bien, sí Dios te lo hubiera puesto en un lado, fuera para tenerlo guardado, pero, ya que te lo puso en el medio ¡úsalo como remedio! Pero Romina había nacido con la convicción de ser una mujer seria.

Desde el principio de su memoria, Lothar había sido esclavo de sus complejos. Su gordura excesiva parecía aumentar sin que nada lograra detenerla y su delirio culinario no le ayudaba. Él era incapaz de frenarse ante la tentación de un “Schweinebraten". Las tardes de fútbol las disfrutaba desde un banco, zampando innumerables bombones de chocolate.

Romina era una mulata bien plantada, de huesos largos y firmes, poseedora de unos encantos misteriosos y una sonrisa cautivadora. Al llegar al pueblo tuvo múltiples ofertas, pero ella, una mujer sensata, prefirió el empleo de camarera en un hotel.

La vez que la madre de Lothar lo puso a régimen tratando de mejorar la figura de su único vástago, el abdomen del chico creció de forma alarmante. – ¡Humm! una salchichita, no me engordará, se decía Lothar al quedar solo en la cocina y sus ojos golosos tropezaban con el refrigerador: - ¡Oh, un par de cacahuates y un helado de mora! Mamá jamás lo notará.

De nada sirvieron médico naturista, desayuno de manzana, almuerzo de coliflor y cena de jugos naturales. Lothar se atoraba de todo cuanto le tenían prohibido. Se convirtió en el hazmerreír de los amigos y sus complejos llegaron a crecer tanto como su enorme cuerpo.

Cuando empezó a trabajar en ese hotel donde le asignaban un edificio de diez habitaciones para terminarla a media mañana, Romina decidió a cambiar de parecer. El salario que ganaba era humillante y el trabajo interminable. Un buen día la mulata reparó en las sabias palabras de su abuela Teresa ¿y por qué no utilizar lo del medio para remedio, y completar el mísero salario con jugosas propinas?

A sus veinticinco años, Lothar había tenido tres romances de unos pocos días y vivía con sus ganas rezagadas. Su mayor ilusión era subirse al menos un instante sobre una mujer. Pero, lo veía cada vez más difícil. Miraba apenado su reflejo en el espejo. Esa panza gigante, esas piernas cortas y esa cabeza pequeña como un coco, parecía el personaje de un circo. Pero ese invierno, Lothar se animó. Dejó a su madre y su romántica ciudad a la orilla del Rin y partió al Caribe lejano.

Las compañeras no entendían de qué mañas se valía Romina para sacar tanta propina y se esforzaban pasándoles periódicos a los espejos para dejarlos brillantes. Restregaban los inodoros con cloro hasta dejarlos tan blancos como perlas y arrastraban con sus escobas la más mínima hebra de cabello. Pero ninguna obtuvo más propina que Romina.

Esa mañana, llegando al comedor, Lothar advirtió que había olvidado su brazalete de „todo incluido“ y volvió a buscarlo. Romina, que empezaba a limpiar el cuarto, le ofreció una sonrisa bellaca que tradujo sus intenciones. Sobre su blusa sin hombreras, que ella se bajaba con malicia, se notaban sus senos voluptuosos. Y si al entrar en una habitación notaba que se trataba de hombre soltero (porque eso sí, Romina jamás se metía con un hombre casado) la mujer se recogía la falda de tal manera, que cuando se bajara quedaran en evidencia sus encantos.

Lothar vio más que una simple ropa íntima cuando la camarera se agachó a recoger ¿quién sabe qué cosa? Su enorme corazón se estremeció como sacudido por una descarga eléctrica. No hicieron falta las palabras. Los encantos de Romina derrumbaron el muro de los idiomas y Lothar se lanzó sobre ella como un exaltado ejército contra un bando enemigo.

Romina no se dio tiempo a calcular la cantidad de kilos que se había echado encima, hasta que sintió que no podía respirar y un amargo sabor a sangre le inundó la boca. Aplastada bajo esos quintales de grasa, creyó que su final había llegado y empezó a pedir auxilio. Su voz como salida de un subterráneo llegó a los oídos de sus compañeras.

¡Está muerto! Gritaron al unísono.

Romina, confundida abandonó el lugar como alma que lleva el diablo. Lothar quedó ahí. Con una leve sonrisa asomada en su semblante sin vida.

sábado, 6 de marzo de 2010

Persecución - José Ignacio Frion - Cuento

Resultaba normal que al finalizar el largo y tedioso día, cuando caía la tarde y llegaba la noche, sentir tras de sí aquella oscura e insistente presencia, tan pesada como una enorme losa. Pero lejos de inquietarse lo más mínimo, daba la impresión de que estuviese acostumbrado a ella de una manera que pudiera calificarse hasta de familiar. Ya ni siquiera se extrañaba en absoluto de que siguiera sus pasos allí donde fuera o se encontrara, ni que le espiara en todos y cada uno de sus momentos y movimientos, vigilancia que continuaba y no cesaba ni en el interior de su dormitorio, hasta llegado el momento en que tras la cena y al acostarse, después de leer las acostumbradas cuatro páginas de un libro, apagara la luz.

Lo que a pesar de todo no lograba comprender muy bien, era el porqué de aquel tenaz seguimiento que lo hacía estar continuamente alerta y a la defensiva, de manera que sintiese la necesidad de volver la cabeza cada quince o veinte segundos, para irremediablemente encontrarla allí, fría, oscura, enigmática, cercana, y a un tiempo distante. Incluso hasta se atrevería a decir, que en cierta manera, amenazante.

En un principio pensó que quizás pudiera tratase de un alma en pena vagando por la eternidad, o quién sabe si del fantasma de algún hombre o mujer quemados en la hoguera en los tiempos de la Santa Inquisición. Sin embargo, tomó la decisión de que por el momento lo mejor y lo más práctico sería ignorarla totalmente, para ver si de esa forma ella se aburría y dejaba al fin y para siempre de perseguirlo.

Recordaba con cierta tristeza, aquella vez en la que estuvo dando vueltas alrededor del faro del muelle durante más de dos horas, para ver quien de los dos se cansaba antes, hasta que tuvo que dejarlo, tras constatar que le fallaban las fuerzas para poder continuar, sintiéndola tras de sí en todo momento, aunque a veces pareciera que la dejaba atrás.






O aquella otra, la vez que puso una cuerda entre el picaporte de una puerta y una farola para que ella tropezara cayera se partiera la crisma y poder así eludir aquella maldición.

Tardó más de seis meses en darse cuenta de que la “Perseguidora”, como finalmente la bautizó, resultaba en realidad mucho más constante y obstinada de lo que en un primer momento pudo llegar a pensar, lo que le llevó a la preocupante y terrible conclusión de que no sería nada fácil desembarazarse de aquella pesadilla, si un buen día sintiera que su presencia se había vuelto harto molesta, peligrosamente absurda, e innecesaria en exceso.

Nunca en todo aquel largo tiempo de tenaz seguimiento, había intercambiado con ella ni una sola palabra o gesto, y evidentemente mucho menos alguna sonrisa. Era como si cada vez que la viese se tratara de algo nuevo o desconocido, a pesar de que hacía ya mucho tiempo, tanto que ni siquiera lo recordaba, que había advertido su presencia. Él por su parte, evitaba realizar ningún movimiento en falso que hubiese podido hacerle temer algún mal desenlace.

Tampoco su “compañera” mostraba el más mínimo interés en tratar de relacionarse con él, limitándose simple y llanamente a observarlo y seguirlo de cerca y de continuo. Mientras tanto, guardaba su secreto como algo absolutamente importante, sin hacer nunca el menor comentario con nadie, ni denunciarlo ante la policía, como alguna vez se le había pasado por la cabeza por si de algo peligroso pudiera tratarse. Muy al contrario, prefería realizar averiguaciones privadas, por su cuenta y de forma clandestina, intentando averiguar quien podría ser “aquella” que nunca le abandonaba y le perseguía continuamente sin tregua ni reposo.

Un buen día, decidió irse del pueblo, errando durante tres jornadas por los montes, por si podía en aquellos agrestes parajes deshacerse de la misma, y volver a casa libre de aquella horrible pesadilla. Y hasta se le veía andando por las calles, disfrazado con unas enormes gafas oscuras, una abultada boina, y una bufanda alrededor de la cara, a pesar de que era verano, todo ello con el fin de no ser reconocido por aquella maldita “Perseguidora”.






Aquella noche a pesar de la insistente lluvia también pudo verla, decidiendo entonces que había llegado el momento justo de saber en verdad de quién podría tratarse. Tras doblar una esquina se escondió rápidamente, esperando que al aparecer a su lado pudiera abordarla, pero se desanimó al constatar que transcurría el tiempo y no pasaba absolutamente nada. Después, nada más echar a andar, ella volvió a aparecer de nuevo, limitándose como siempre a seguirle a corta distancia y en silencio.

Tomó la decisión de que al llegar a casa comentaría todo aquello con los demás, pero tuvo que desistir al momento, recordando con pena y tristeza, como hacía ya tiempo, en aquella única ocasión que se atrevió a hablar de ello en el comedor a la hora del desayuno, se sintió profundamente muy dolido y ofendido, ante la incredulidad, risa, y comentarios faltos de todo respeto que de su relato hicieron todos.

Consultando su reloj y seriamente preocupado por lo avanzado de la hora, aceleró el paso seguido siempre por su fiel acompañante, mientras comentaba para sí y en voz baja, lo tarde que era, y lo mucho que se enfadaban en su actual vivienda, el Hospital Siquiátrico Provincial, cada vez que algún residente llegaba tarde para la cena.

sábado, 12 de diciembre de 2009

El niño que dirigía el mar (cuento) - Moisés Muñíz

De pequeño, a Gabriel le encantaba dirigir el mar. Si Gabriel no estaba en el taller de ebanistería de su padre, en el liceo, o haciendo sus tareas, se le podía encontrar en el mismo sitio de siempre: en aquella piedra en forma de trapecio que se pronunciaba única entre los arrecifes del barrio Las Piedras, dirigiendo con su palito de almendra su eterno y acuoso mar sinfónico. Ese era su lugar preferido. Ahí se escondía por horas de su padre, que no era mala gente, como le decía su mamá, era otro típico borrachón de los barrios marginados, que no había logrado nada en su mísera existencia y ahogaba sus frustraciones con dos botellas de Brugal Añejo, dos cajetillas de Nacional y una paliza a su único hijo si no lo encontraba en el taller de ebanistería.

Gabriel nunca quiso ser albañil, pero desde los cinco años su padre lo obligó a trabajar en el taller, y su realidad de niño feliz, impregnado con esa condición rebosante, típica en los de su edad, se desvaneció y se ocultó para siempre detrás de los cuartones de madera sin cepillar, de los sinfines, de los serruchos oxidados, del aserrín, de su padre, del barrio mugroso sin aceras y casuchas de cartón y hojalata con calles de piedra, de la inmundicia. Por eso desde entonces se escurría en las horas de clases y se marchaba al pódium de su imaginación a dirigir el mar. Allí se le podía ver con su batuta de almendra, subido en su trono de piedra, haciendo lo único que lo hacía feliz. Cuando atardecía y el sol se iba extinguiendo con la desolación de Gabriel, sus manitas se alzaban y con ellas las crestas de las olas que estallaban en una sonora nota de timbales y redoblantes contra las rocas, y luego otro ademán y las mismas gotas que salían de la explosión musical danzaban en el aire desafiando la gravedad a favor del maestro y caían una a una, derramadas en notas de clarinetes en las hojas de las uvas de playa o en los almendros.

Gabriel no jugaba como los otros niños. Se levantaba de madrugada para hacer lo que su padre no hacía, ya que si el trabajo no se entregaba a tiempo la culpa recaía en él y las represalias eran aún mayores; cerca del mediodía regresaba a su casa, la última de la calle, que no era más que una cueva de piedra filosa del farallón de arrecife que se asomaba a la boca del barrio, con una sola puerta de entrada y de salida, dos colchones roídos por los ratones, una estufa de mesa, y un sillón que un día trajo el mar en una crecida.

Bajo el sol candente llegaba Gabriel disfrazado de susto con la cara forrada de aserrín, menos los ojos blancos llenos de anemia, con dos latas de agua que llenaba lentamente de la llave pública, cuando había, una para su mamá, y la otra para darse un baño de gato y quitarse de arriba el destino de listones y clavos que su padre quería imponerle. Su madre no podía hacer más nada que guardarle el arrocito con arenque; y demasiado era. Casi nunca la veía porque salía de madrugada a lavar ropa del otro lado de la ensenada que separaba el barrio de Las Piedras del barrio de los ricos. Demasiado hacía ella y él lo sabía. Luego se iba al liceo. Allí todo era peor. El gobierno, que lo había comenzado en época de elecciones lo había dejado por mitad y en las pocas aulas que había plato llovía más adentro que afuera. La de Gabriel estaba techada con dos o tres planchas de zinc que habían donado algunos ricos en busca de aprobación social. Los profesores que valían la pena, vivían haciendo huelgas para que el gobierno terminara lo que empezó y les subiera el sueldo, otros cogían el sueldito para complementar la botella en el ayuntamiento y los últimos, a esos Gabriel los aborrecía: esos iban al liceo a buscar muchachitas con el cuento de que le quemaban las matemáticas sino se acostaban con ellos. A esas pobres infelices se les reconocía casi siempre por las notas altas y por la barrigota. En medio de este escenario, quién podía estudiar. Los únicos que le sacaban provecho al liceo eran los tígueres del punto de la esquina, que incluso ponían de mensajeros a los carajitos de primaria para entregar los pedidos. Uno de esos días se enfrentaron dos bandas y mataron a dos de los mejores amigos de Gabriel. Julia fue la primera en caer; ella era su noviecita desde los cinco años. Por eso ya no jugaba con los panitas. Por eso no creía en los hombres y mujeres de su barrio. Por eso no creía en los políticos. Por eso no creía en nada. Por eso mudó la felicidad. Por eso a falta de su propia felicidad había comenzado a buscar la de los demás.

La felicidad de Gabriel era difícil de detectar porque no descansaba en los detalles que generalmente se pueden notar en la mayoría de los niños. Su felicidad era una felicidad interna, subyacente a la realidad infantil, una felicidad muda que tenía que ver más con la de los otros que con la suya.

Minúsculo, como un granito de arena, Gabriel dirigía su destino y el de su madre, el de los otros, el de su barrio, el de sus amiguitos perdidos en el cemento de zapatero.

Ningún elemento del mar escapaba a su mando. Ni las olas incipientes que comenzaban a formarse antes del banco de corales, ni los corales, ni los pececillos, ni los peces grandes. Incluso el viento hacia lo suyo y silbaba a través de los túneles de las olas, o de los caracoles. Una concatenación perfecta, sublime, de la nación del mar en armonía. Con la izquierda dirigía las facciones más inquietas y revoltosas del mar, con la derecha, las que intentaban arrebatar a aquellas su lugar en la superficie. Así, en la orquesta de Gabriel todos eran iguales, todos gozaban de la libertad para participar en la gran sinfonía de la vida. Ningún elemento era menospreciado. Ninguno era mejor. Ninguno era peor. Ninguno era él.

Sus funciones eran cada vez más frecuentes. Ya comenzaba a sentirse responsable por el destino que dirigía en su interior. A veces quedaba extasiado con la varita en la mano, los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda, escuchando su creación, que por momentos parecía tener vida propia. A veces se imaginaba más grande, como un adulto, con su frac y un corbatín azul igual que el mar.

Gabriel era ya parte de ese paisaje. Mientras su figurita se recortaba contra la luminosidad de los atardeceres, él, anclado en su roca, dirigía las tempestades y las resacas de las olas y la espuma que hacía de coro celestial cuando las burbujas expiraban en el aire.

Pasaron los años y aquel mundo ficticio de Gabriel se convirtió en realidad. Ahora era un dirigente de casi doce años que había perfeccionado su método y afinado su oído para escuchar la más sutil de las notas. A esa edad ya era un músico consagrado. O mejor dicho, la música era él, el mar era él. Desde el momento en que ponía sus pies en el suelo frío y húmedo de la cueva en el barrio de Las Piedras, para disfrazarse de susto con aserrín, hasta cuando tenía que asistir al colegio en medio de un tiroteo, era él la música, era él el mar. Hasta cuando el papá llegaba borracho y lo encontraba estudiando a la luz de una vela y lo azotaba con un chucho de miembro de toro que había mandado a hacer para tales fines porque tenía que trabajar al otro día, era él en su pódium, libre, dirigiendo su nación del mar. Pero sobre todo lo era, cuando veía la cara de su madre sentada a su lado en el colchón tirado en el piso, curándole las heridas con esa expresión de infinita dulzura en sus ojos, tan oceánica, tan musical.

Una noche, en época de Pruebas Nacionales, luego de haber sacado un noventa y cinco en lenguaje, Gabriel salió del liceo y se fue a dar el último de sus conciertos. Esa noche fue grandiosa. Dirigió el mar como nunca. Con cada ademán de sus manos, las masas empapadas de júbilo enardecían hacia el cielo en gigantescas columnas de agua salada que sobrepasaban los almendros más altos; subían, bajaban, se entremezclaban formando lianas de color azul, mientras los peces pequeños y los grandes revoloteaban en franca camaradería, sin recelos, sin hacerle caso a conflictos pasados. Incluso las aves habían descendido hasta ellos, y danzaban entre las grandes olas, remojando en el olvido sus propios intereses de alimentarse de ellos. La luna lo vio todo esa noche, y también lo escuchó. Extasiado, luego de una ovación del viento que duró hasta el otro día, y meció las ramas de los árboles hasta sus pies, y mojó sus zapatos desaliñados y sus rizos quemados por el sol, Gabriel se marchó al taller para estudiar como otras veces sin el miedo de despertar a su padre con la luz de la vela. El examen de matemáticas era al día siguiente y él sabía que tenía que repasarlo una y otra vez porque nunca fue bueno en eso de los números. Luego de unas horas de estudio cerró los ojos, quizás por el cansancio de tantos años trabajando como un hombre, de tantas cucharas atrasadas, o quizás por el estado de fascinación en el que se encontraba. Mientras viajaba montado en la cresta de una ola, el viento tormentoso de esa noche hizo caer la vela y en poco tiempo el taller estaba en llamas. Cuando despertó estaba rodeado por un fulgor que casi lo quemaba, pero no era el sol cuando bajaba en el horizonte que teñía todo de plata como él lo había visto en esas tardes inolvidables, era el fuego que lo rodeaba por todas partes y comenzaba a asfixiarlo. Se levantó enseguida, tomó su mochila y comenzó a sacar las herramientas que podía del taller. Para cuando los vecinos intentaron socorrerlo, él ya tenía la mayor parte de los utensilios de trabajo fuera de peligro. El taller estaba prácticamente consumido por las llamas. La madera y el aserrín habían hecho su trabajo. El papá de Gabriel llegó con los ojos desorbitados, foete en mano, porque nunca andaba sin él, casi ciego por el humo, o por la juma infinita que siempre tenía y por la ira de ver el taller en llamas, y al ver al muchacho que descansaba en el suelo, exhausto, casi sin poder respirar, le entró a foetazos.

- Yo sabía que tú .taba en esa vaina desgraciado. Eso era oliendo cemento que tu .taba y mira ahora. Mira mi taller, maldito hijo de puta.

La gente trató de calmarlo pero no pudo y mientras seguía dándole foetazos, insultándolo y llamándolo mal hijo, se le acercó al oído agarrándolo por los cabellos y le dio la orden:

- Entra y búscame el serrucho, mal nacido, que no lo veo por parte y ese serrucho lo heredé de mi papá. ¡BÚSCALO, PA.NO MATARTE!

Gabriel se levantó más intoxicado por las palabras de su padre que por el monóxido de carbono que había inhalado, lo miró con resignación, tomó su palito de almendra como si pudiera dirigir también las llamas y se internó en el caserón incendiado. Esta vez, su madre que estaba del otro lado de la ensenada, no llegó a tiempo.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Ramón Gil habla sobre "Desidia" en Ecoparámetro







Desidia


Quizás sea hoy mi último día sobre la faz de la tierra y gran parte de ello es por mi culpa. Pude sólo estar condenado a una muerte, pero con el deseo de burlar un destino que consideraba invariable, me aseguré una segunda.

Todo hubiera sido tan simple si hubiese esperado, si me hubiese dejado ganar por mi eterna desidia. Pero no, esta vez tenía que ser diferente. No podía dejar que la vida me dictara su última voluntad. Por eso consideré indigno de mí que el destino o ese terrible azar que los creyentes llaman “Dios”, me impusieran su voluntad.




Desde que el doctor me dijera lo de la enfermedad, apenas pude articular, ¿Está usted seguro, doctor? Sí, fue su escueta contestación.

Nunca me había sentido nada y no era más que un examen de rutina.

- ¿Cuánto tiempo más calcula usted que me queda?
- No más de un mes si nos atenemos a los exámenes.

Me despedí del doctor, pero me prometí burlar la muerte a mi manera. Ningún destino decidiría por mí. Yo era el dueño absoluto de mi vida y la podía dejar en cuanto quisiera. Decidí suicidarme ese día. Fui directo a la veterinaria y compré el veneno más letal que tenían.

Llegué a casa y preparé un café fuerte como siempre me han gustado. Eché la mitad del veneno y lo moví. Y entonces, en cuanto hube terminado de prepararlo, me sucedió. Fue un ataque terrible de desidia y mi mano se negó a levantar la taza. Hice acopio de toda mi voluntad; miré de nuevo la bebida caliente, aromática y di la orden de nuevo. Mi mano se negó nueva vez. Me levanté, entonces, y traté de tomar la taza desde esta nueva posición. Inútil, también. En ese momento supe que nunca podría tomar esa taza con mis manos. Pero había otras soluciones.

Esa noche me acosté calmado a pesar de este primer fracaso y soñé distintas formas de suicidarme. La que me pareció más adecuada fue cortarme las venas sumergido en una bañera. Tal como lo había pensado, coloqué la navaja a poca distancia de mi brazo y cuando ya me sentía listo para cumplir con mi cometido, la tomé y acerqué a la muñeca derecha. La navaja de detuvo a cinco o seis pulgadas y por más que traté, mis manos, que rara vez se negaban a obedecerme, lo hicieron por segunda vez en apenas dos días.

Estaba a punto de darme por vencido cuando se me ocurrió contratar a un asesino. Revisé mis ahorros. Tenía suficiente, pensé y luego con buen humor y gran ánimo, me interné en los barrios de los bajos fondos donde por doscientos pesos hasta un niño te apuñala.

Quería una muerte limpia y que nadie sospechara que había burlado una primera muerte contratando una segunda. Así todo dependería de mí y sólo de mí. Me burlaría del azar. Pero aunque anduve todo el día, sólo pude conseguir un mísero número de teléfono. “Quiero ver a un asesino”, había ido pregonando por los barrios. La gente me tomaba por loco y nadie hacía caso de mi pedido. Así pasé todo el día encontrando apenas a uno que se apiadó de mí y por trescientos pesos consintió darme el número. Aunque venía cansado, levanté el auricular para llamar a mi liberador y sin darme cuenta siquiera, mis dedos atacados de desidia, se negaron a marcar. Entendí, entonces, que no había nada que hacer y que tenía que esperar. Me duché, me acosté y dormí con la paz del que tiene su conciencia limpia y no debe nada a nadie.

Al día siguiente, probé mis dedos y ya no se negaron. El teléfono timbró más de cinco veces del otro lado, pero nadie lo levantó. Lo intenté de nuevo. Esta vez a la tercera alguien lo tomó. Era una voz ronca pero agradable. Incluso se sentía amable y de persona bien educada. Me preguntó qué quería. Le expliqué todo. La voz no me interrumpió ni una sola vez. Cuando terminé y para asegurarse de que no fuera una broma me pidió que hiciera dos depósitos, uno para iniciar el contrato y el otro para cuando terminara. Era caro, me dijo, pero garantizaba su trabajo. Me alegró esto y ese día hice todo como me lo había pedido.

Desde ese momento, me poseyó una especie de hiperactividad y todo lo veía desde una óptica superior, diferente. Me sentía dueño de mí y mejor que esto, de mi destino. Había burlado la voluntad de los hados. Ahora yo era un dios.

La voz había prometido que haría su trabajo en los próximos siete días, así que no sabía con que tiempo contaba. Quizás fuesen horas solamente y esto, no sé por qué, me hacía feliz.

Empecé a ver todo lo que me rodeaba como si lo estuviera fotografiando, entonces vi a un perro abandonado y hambriento y sentí pena por él, vi a una mujer extremadamente bella que miraba a los hombres como desde un trono, vi a un hombre rebajado a la indignidad de pedir, vi la vanidad, la prisa y el orgullo y vi que todo esto era yo, y lloré por mí, por el perro, por el hombre y por la mujer. Entonces entendí que mi decisión de algún modo me estaba humanizando y todo aparecía ante mis ojos con increíble claridad. Llegué a la casa, exhausto y pleno. Me sentía lleno de la vida, pletórico de gozo y cada segundo me despedía de algo.

Los siguientes dos días fueron iguales y hasta temía que podía reventar de la emoción.

Una noche me dediqué a escuchar los sonidos más tenues, aquellos en los que nunca había reparado y por primera vez pude escuchar la labor paciente de la termita en la madera y me asombré a medianoche porque escuché mi propio latido del corazón y el fluir de la sangre por mis venas y supe como si lo hubiera descubierto en ese momento que estaba vivo. Me levanté, encendí la luz y fui hasta un espejo. Ese rostro barbudo y de mirada profunda era yo y ese reconocimiento de mí, es la felicidad más grande que he experimentado en mi vida hasta hoy. “Estar vivo”, dije en voz alta “¿Dónde estaba que nunca lo percibí?” y agradecí a la muerte porque me despertaba la vida y tanto me gustaba esta sensación que comencé a experimentar nuevos sabores y salaba la carne o comía sin sal y cada cosa que hacía era sencillamente maravillosa porque era la última y yo lo sabía.

Pero esta felicidad era extrema y sentía que estaba durando demasiado. Esperaba que la voz cumpliera lo prometido cuando sonó el teléfono. Era de mañana y la secretaria me urgía a presentarme ante el médico. Sonaba alegre y yo entendí que quería regalarme un poco de alegría porque me suponía triste.

Me presenté al consultorio. En cuanto la secretaria me vio, me hizo pasar. El médico me esperaba alegre y nervioso. Me pidió que me sentara y empezó a hablar. Entonces me dio la noticia y me habló del error al tiempo que se disculpaba.

Mis manos y esos dedos que a veces eran atacados por fuerte dosis de desidia, volaron hasta su cuello, pero no conforme lo abofeteé y luego empecé a pegarle con el puño. El doctor empezó a gritar y a sus gritos vinieron la secretaria, unos pacientes que ese día se consultaban y dos doctores.

El médico, en los límites que impone el pánico, no podía entender mi reacción, pero había malogrado miserablemente mi felicidad. Mi alegría de antes se convirtió en terror. A cada paso que daba, miraba a todos lados. La muerte se me hizo presente más que nunca y cada ojo que me miraba, cada conversación susurrada entre dos, me parecía una conspiración para exterminarme. Entonces como nunca, traté de aferrarme a lo inevitable.

Llegué a casa y marqué el número del que dependía mi destino. Quería suspender mi ejecución. Me nacieron, de repente, unas ganas locas de vivir, de perder el tiempo en nada, de ser uno más entre la multitud, un desconocido, un ente ignorado por todos y quise ser gusano, caracol u hormiga.

Marqué y el teléfono sonó como la vez anterior una vez, dos, cinco veces. Lo intenté y lo intenté, pero nadie lo tomó.

Me pasé el resto del día marcando y marcando. Por la noche, a pesar de lo terrible del momento, se apoderó de mí una calma y supe lo que debía hacer: escaparía, me iría bien lejos y me olvidaría del dinero. Siempre podía comenzar de nuevo y para ello sólo necesitaba la vida, una vida que yo había condenado y que ahora se me escapaba a cada segundo en forma de bala, soga o cuchillo.

Me preparé para escapar. Si lograba burlar a mi asesino por el día de hoy, él habría incumplido su contrato y esto lo obligaría a reconsiderar una contrapropuesta me imaginaba yo; y fue entonces cuando lo supe, con una certeza que me habría gustado tener en circunstancias más agraciadas de la vida, supe que no podría escapar, supe que este ataque de desidia de ahora era definitivo y que cuando se presentara el asesino, no podría mover ni un músculo de mi cuerpo para defenderme.

Palabras al viento. La vanguardia

Este programa corresponde a Agenda 3 con palabras al viento del miércoles 16 de septiembre de 2009. Los escritores Omar Messón, Ramón Gil y Óscar Zazo hablaron de la vanguardia en la literatura.













lunes, 7 de septiembre de 2009

Amores Reales - Cuento - Óscar Zazo



Por aquel tiempo la voluntad de las personas no contaba, y mucho menos las opiniones o los gustos, por lo menos los míos.

Me aburría la corte, pero allí me encontrada merced a los esfuerzos, intrigas y sobornos, que con tanta dedicación, entretejiera mi padre hasta conseguir hacerme cortesano.

Por mi propensión innata a la pereza y mi natural desinterés por las cosas, no fueron pocos los palos y castigos de los que me hice acreedor, al parecer con sobrada razón, hasta que consiguieron meterme en la mollera modales y protocolos necesarios para el desenvolvimiento en la corte. Tampoco tuve nunca prejuicios ni lastres de conciencia que menoscabaran mi dignidad, tales como orgullo, lealtad o vanidad. De manera que a la postre lograron convertirme en un cortesano joven, apuesto y ahora refinado.

Y me habría ido bien, de no ser por una serie de acontecimientos en los que me vi, involuntariamente envuelto.

Todo empezó el día en que, a pesar de mis disimulos, su regia majestad puso los ojos en mí, sabría Dios con qué intenciones.

Una tarde a la salida de palacio una dama de compañía de la reina puso en mis manos un “billete real” con instrucciones precisas. Se trataba de una cita secreta con su alteza aquella misma noche. Recomendaba máxima discreción, “so pena de muerte” pensé yo, con los más lúgubres augurios.

Lleno de aprensión, acudí a la cita entrando a palacio por las caballerizas, desde donde la dama de marras, me condujo a una recámara. Allí permanecí solo durante interminables minutos hasta que de improviso apareció la reina.

Rodilla en tierra incliné la cabeza – Majestad…

- Vamos al grano, - escuché perplejo – estáis aquí para hacer un servicio a vuestra reina.

- ¡Siempre majestad!- manifesté raudo - Pedid la luna y al punto removeré cielo y tierra para ponerla a los pies de vuestra merced. – Y añadí aun a riesgo de excederme en mi actitud pelota y servil – Podéis confiar a muerte, que vuestro súbdito y seguro servidor derramará hasta la última gota de su sangre…

- Dejad ya de decir sandeces, majadero, - atajó la reina - e iros desnudando que tengo poco tiempo – escuché con estupor

- Pero majestad…

- Ni majestad ni gaitas, estáis aquí para llevar a cabo lo que el rey no puede o no quiere hacer, y espero quedar satisfecha de vuestros oficios, que no son otros que preñarme lo antes posible por vuestro bien, por el mío y por el de la corona. Que para la descendencia siempre será mejor un discreto bastardo que el escándalo de una impotencia manifiesta. Y ¡ay! de vos si vais sobrado de lengua y flojo de verga como el inútil de vuestro rey… así es que basta de palabrería y al tajo.

Mucho miedo y poca experiencia no eran buenos aliados para acometer tamaña empresa. Aún así, me puse a ello diligente. Fue tal vez, mi condición de mozarrón saludable, lo que aportó brío suficiente para obviar ciertas trabas que obstaculizaban el buen desenvolvimiento de la tarea encomendada, a saber: primero, incisivo e hiriente tufo sobaquero. Segundo, abundante y tupida pelambre púbica, que por un buen rato despistó mi desentrenado sentido de la orientación.

Sea como fuere, y a pesar de mi torpeza como amante, esa noche y otras posteriores, cumplí a duras penas lo convenido como obediente y discreto donante de “mascadas”. Eso si, esgrimiendo como atenuante en mi defensa, la presión y, por qué no decirlo, el miedo que infundían durante el acto sus descalcificaciones y amenazas.

En el fondo de una mazmorra, encadenado en prisión preventiva, dijeron, recordé a no se qué imbécil cortesano diciendo eso de “no hay acción sin reacción”, y allí estaba yo tratando de desenmarañar eso de las causas y los efectos, temiendo, con buen criterio, que preñada o no la reina, ya mi cabeza, por no nombrar otras partes de mi anatomía, no valía nada.

Voces autoritarias rompieron el silencio de la madrugada despejando del todo mi duermevela. Cuando sonó el cerrojo de mi celda temí lo peor. El rey en persona ordenaba al guardia y al resto de la comitiva que le dejaran entrar solo. Mis ojos acostumbrados ya a la penumbra percibieron nítidamente un ceño fruncido y una mirada de gravedad inquietante. En cuanto sonó el portazo, el monarca avanzó hacia mi rincón con paso lento pero decidido. Yo me incorporé como pude y él se detuvo a escasa distancia, como sopesando lo que estaba a punto de hacer. Sus mandíbulas se tensaron y su barbilla tembló visiblemente. Entonces… me abrazó y lloró con gran congoja. Al poco su mano se deslizó hasta mi trasero y lo apretó con ganas. Involuntariamente se dibujó en mi rostro una casi imperceptible sonrisa de suficiencia.