sábado, 26 de septiembre de 2009

Ramón Gil habla sobre "Desidia" en Ecoparámetro







Desidia


Quizás sea hoy mi último día sobre la faz de la tierra y gran parte de ello es por mi culpa. Pude sólo estar condenado a una muerte, pero con el deseo de burlar un destino que consideraba invariable, me aseguré una segunda.

Todo hubiera sido tan simple si hubiese esperado, si me hubiese dejado ganar por mi eterna desidia. Pero no, esta vez tenía que ser diferente. No podía dejar que la vida me dictara su última voluntad. Por eso consideré indigno de mí que el destino o ese terrible azar que los creyentes llaman “Dios”, me impusieran su voluntad.




Desde que el doctor me dijera lo de la enfermedad, apenas pude articular, ¿Está usted seguro, doctor? Sí, fue su escueta contestación.

Nunca me había sentido nada y no era más que un examen de rutina.

- ¿Cuánto tiempo más calcula usted que me queda?
- No más de un mes si nos atenemos a los exámenes.

Me despedí del doctor, pero me prometí burlar la muerte a mi manera. Ningún destino decidiría por mí. Yo era el dueño absoluto de mi vida y la podía dejar en cuanto quisiera. Decidí suicidarme ese día. Fui directo a la veterinaria y compré el veneno más letal que tenían.

Llegué a casa y preparé un café fuerte como siempre me han gustado. Eché la mitad del veneno y lo moví. Y entonces, en cuanto hube terminado de prepararlo, me sucedió. Fue un ataque terrible de desidia y mi mano se negó a levantar la taza. Hice acopio de toda mi voluntad; miré de nuevo la bebida caliente, aromática y di la orden de nuevo. Mi mano se negó nueva vez. Me levanté, entonces, y traté de tomar la taza desde esta nueva posición. Inútil, también. En ese momento supe que nunca podría tomar esa taza con mis manos. Pero había otras soluciones.

Esa noche me acosté calmado a pesar de este primer fracaso y soñé distintas formas de suicidarme. La que me pareció más adecuada fue cortarme las venas sumergido en una bañera. Tal como lo había pensado, coloqué la navaja a poca distancia de mi brazo y cuando ya me sentía listo para cumplir con mi cometido, la tomé y acerqué a la muñeca derecha. La navaja de detuvo a cinco o seis pulgadas y por más que traté, mis manos, que rara vez se negaban a obedecerme, lo hicieron por segunda vez en apenas dos días.

Estaba a punto de darme por vencido cuando se me ocurrió contratar a un asesino. Revisé mis ahorros. Tenía suficiente, pensé y luego con buen humor y gran ánimo, me interné en los barrios de los bajos fondos donde por doscientos pesos hasta un niño te apuñala.

Quería una muerte limpia y que nadie sospechara que había burlado una primera muerte contratando una segunda. Así todo dependería de mí y sólo de mí. Me burlaría del azar. Pero aunque anduve todo el día, sólo pude conseguir un mísero número de teléfono. “Quiero ver a un asesino”, había ido pregonando por los barrios. La gente me tomaba por loco y nadie hacía caso de mi pedido. Así pasé todo el día encontrando apenas a uno que se apiadó de mí y por trescientos pesos consintió darme el número. Aunque venía cansado, levanté el auricular para llamar a mi liberador y sin darme cuenta siquiera, mis dedos atacados de desidia, se negaron a marcar. Entendí, entonces, que no había nada que hacer y que tenía que esperar. Me duché, me acosté y dormí con la paz del que tiene su conciencia limpia y no debe nada a nadie.

Al día siguiente, probé mis dedos y ya no se negaron. El teléfono timbró más de cinco veces del otro lado, pero nadie lo levantó. Lo intenté de nuevo. Esta vez a la tercera alguien lo tomó. Era una voz ronca pero agradable. Incluso se sentía amable y de persona bien educada. Me preguntó qué quería. Le expliqué todo. La voz no me interrumpió ni una sola vez. Cuando terminé y para asegurarse de que no fuera una broma me pidió que hiciera dos depósitos, uno para iniciar el contrato y el otro para cuando terminara. Era caro, me dijo, pero garantizaba su trabajo. Me alegró esto y ese día hice todo como me lo había pedido.

Desde ese momento, me poseyó una especie de hiperactividad y todo lo veía desde una óptica superior, diferente. Me sentía dueño de mí y mejor que esto, de mi destino. Había burlado la voluntad de los hados. Ahora yo era un dios.

La voz había prometido que haría su trabajo en los próximos siete días, así que no sabía con que tiempo contaba. Quizás fuesen horas solamente y esto, no sé por qué, me hacía feliz.

Empecé a ver todo lo que me rodeaba como si lo estuviera fotografiando, entonces vi a un perro abandonado y hambriento y sentí pena por él, vi a una mujer extremadamente bella que miraba a los hombres como desde un trono, vi a un hombre rebajado a la indignidad de pedir, vi la vanidad, la prisa y el orgullo y vi que todo esto era yo, y lloré por mí, por el perro, por el hombre y por la mujer. Entonces entendí que mi decisión de algún modo me estaba humanizando y todo aparecía ante mis ojos con increíble claridad. Llegué a la casa, exhausto y pleno. Me sentía lleno de la vida, pletórico de gozo y cada segundo me despedía de algo.

Los siguientes dos días fueron iguales y hasta temía que podía reventar de la emoción.

Una noche me dediqué a escuchar los sonidos más tenues, aquellos en los que nunca había reparado y por primera vez pude escuchar la labor paciente de la termita en la madera y me asombré a medianoche porque escuché mi propio latido del corazón y el fluir de la sangre por mis venas y supe como si lo hubiera descubierto en ese momento que estaba vivo. Me levanté, encendí la luz y fui hasta un espejo. Ese rostro barbudo y de mirada profunda era yo y ese reconocimiento de mí, es la felicidad más grande que he experimentado en mi vida hasta hoy. “Estar vivo”, dije en voz alta “¿Dónde estaba que nunca lo percibí?” y agradecí a la muerte porque me despertaba la vida y tanto me gustaba esta sensación que comencé a experimentar nuevos sabores y salaba la carne o comía sin sal y cada cosa que hacía era sencillamente maravillosa porque era la última y yo lo sabía.

Pero esta felicidad era extrema y sentía que estaba durando demasiado. Esperaba que la voz cumpliera lo prometido cuando sonó el teléfono. Era de mañana y la secretaria me urgía a presentarme ante el médico. Sonaba alegre y yo entendí que quería regalarme un poco de alegría porque me suponía triste.

Me presenté al consultorio. En cuanto la secretaria me vio, me hizo pasar. El médico me esperaba alegre y nervioso. Me pidió que me sentara y empezó a hablar. Entonces me dio la noticia y me habló del error al tiempo que se disculpaba.

Mis manos y esos dedos que a veces eran atacados por fuerte dosis de desidia, volaron hasta su cuello, pero no conforme lo abofeteé y luego empecé a pegarle con el puño. El doctor empezó a gritar y a sus gritos vinieron la secretaria, unos pacientes que ese día se consultaban y dos doctores.

El médico, en los límites que impone el pánico, no podía entender mi reacción, pero había malogrado miserablemente mi felicidad. Mi alegría de antes se convirtió en terror. A cada paso que daba, miraba a todos lados. La muerte se me hizo presente más que nunca y cada ojo que me miraba, cada conversación susurrada entre dos, me parecía una conspiración para exterminarme. Entonces como nunca, traté de aferrarme a lo inevitable.

Llegué a casa y marqué el número del que dependía mi destino. Quería suspender mi ejecución. Me nacieron, de repente, unas ganas locas de vivir, de perder el tiempo en nada, de ser uno más entre la multitud, un desconocido, un ente ignorado por todos y quise ser gusano, caracol u hormiga.

Marqué y el teléfono sonó como la vez anterior una vez, dos, cinco veces. Lo intenté y lo intenté, pero nadie lo tomó.

Me pasé el resto del día marcando y marcando. Por la noche, a pesar de lo terrible del momento, se apoderó de mí una calma y supe lo que debía hacer: escaparía, me iría bien lejos y me olvidaría del dinero. Siempre podía comenzar de nuevo y para ello sólo necesitaba la vida, una vida que yo había condenado y que ahora se me escapaba a cada segundo en forma de bala, soga o cuchillo.

Me preparé para escapar. Si lograba burlar a mi asesino por el día de hoy, él habría incumplido su contrato y esto lo obligaría a reconsiderar una contrapropuesta me imaginaba yo; y fue entonces cuando lo supe, con una certeza que me habría gustado tener en circunstancias más agraciadas de la vida, supe que no podría escapar, supe que este ataque de desidia de ahora era definitivo y que cuando se presentara el asesino, no podría mover ni un músculo de mi cuerpo para defenderme.

Palabras al viento. La vanguardia

Este programa corresponde a Agenda 3 con palabras al viento del miércoles 16 de septiembre de 2009. Los escritores Omar Messón, Ramón Gil y Óscar Zazo hablaron de la vanguardia en la literatura.













lunes, 7 de septiembre de 2009

Amores Reales - Cuento - Óscar Zazo



Por aquel tiempo la voluntad de las personas no contaba, y mucho menos las opiniones o los gustos, por lo menos los míos.

Me aburría la corte, pero allí me encontrada merced a los esfuerzos, intrigas y sobornos, que con tanta dedicación, entretejiera mi padre hasta conseguir hacerme cortesano.

Por mi propensión innata a la pereza y mi natural desinterés por las cosas, no fueron pocos los palos y castigos de los que me hice acreedor, al parecer con sobrada razón, hasta que consiguieron meterme en la mollera modales y protocolos necesarios para el desenvolvimiento en la corte. Tampoco tuve nunca prejuicios ni lastres de conciencia que menoscabaran mi dignidad, tales como orgullo, lealtad o vanidad. De manera que a la postre lograron convertirme en un cortesano joven, apuesto y ahora refinado.

Y me habría ido bien, de no ser por una serie de acontecimientos en los que me vi, involuntariamente envuelto.

Todo empezó el día en que, a pesar de mis disimulos, su regia majestad puso los ojos en mí, sabría Dios con qué intenciones.

Una tarde a la salida de palacio una dama de compañía de la reina puso en mis manos un “billete real” con instrucciones precisas. Se trataba de una cita secreta con su alteza aquella misma noche. Recomendaba máxima discreción, “so pena de muerte” pensé yo, con los más lúgubres augurios.

Lleno de aprensión, acudí a la cita entrando a palacio por las caballerizas, desde donde la dama de marras, me condujo a una recámara. Allí permanecí solo durante interminables minutos hasta que de improviso apareció la reina.

Rodilla en tierra incliné la cabeza – Majestad…

- Vamos al grano, - escuché perplejo – estáis aquí para hacer un servicio a vuestra reina.

- ¡Siempre majestad!- manifesté raudo - Pedid la luna y al punto removeré cielo y tierra para ponerla a los pies de vuestra merced. – Y añadí aun a riesgo de excederme en mi actitud pelota y servil – Podéis confiar a muerte, que vuestro súbdito y seguro servidor derramará hasta la última gota de su sangre…

- Dejad ya de decir sandeces, majadero, - atajó la reina - e iros desnudando que tengo poco tiempo – escuché con estupor

- Pero majestad…

- Ni majestad ni gaitas, estáis aquí para llevar a cabo lo que el rey no puede o no quiere hacer, y espero quedar satisfecha de vuestros oficios, que no son otros que preñarme lo antes posible por vuestro bien, por el mío y por el de la corona. Que para la descendencia siempre será mejor un discreto bastardo que el escándalo de una impotencia manifiesta. Y ¡ay! de vos si vais sobrado de lengua y flojo de verga como el inútil de vuestro rey… así es que basta de palabrería y al tajo.

Mucho miedo y poca experiencia no eran buenos aliados para acometer tamaña empresa. Aún así, me puse a ello diligente. Fue tal vez, mi condición de mozarrón saludable, lo que aportó brío suficiente para obviar ciertas trabas que obstaculizaban el buen desenvolvimiento de la tarea encomendada, a saber: primero, incisivo e hiriente tufo sobaquero. Segundo, abundante y tupida pelambre púbica, que por un buen rato despistó mi desentrenado sentido de la orientación.

Sea como fuere, y a pesar de mi torpeza como amante, esa noche y otras posteriores, cumplí a duras penas lo convenido como obediente y discreto donante de “mascadas”. Eso si, esgrimiendo como atenuante en mi defensa, la presión y, por qué no decirlo, el miedo que infundían durante el acto sus descalcificaciones y amenazas.

En el fondo de una mazmorra, encadenado en prisión preventiva, dijeron, recordé a no se qué imbécil cortesano diciendo eso de “no hay acción sin reacción”, y allí estaba yo tratando de desenmarañar eso de las causas y los efectos, temiendo, con buen criterio, que preñada o no la reina, ya mi cabeza, por no nombrar otras partes de mi anatomía, no valía nada.

Voces autoritarias rompieron el silencio de la madrugada despejando del todo mi duermevela. Cuando sonó el cerrojo de mi celda temí lo peor. El rey en persona ordenaba al guardia y al resto de la comitiva que le dejaran entrar solo. Mis ojos acostumbrados ya a la penumbra percibieron nítidamente un ceño fruncido y una mirada de gravedad inquietante. En cuanto sonó el portazo, el monarca avanzó hacia mi rincón con paso lento pero decidido. Yo me incorporé como pude y él se detuvo a escasa distancia, como sopesando lo que estaba a punto de hacer. Sus mandíbulas se tensaron y su barbilla tembló visiblemente. Entonces… me abrazó y lloró con gran congoja. Al poco su mano se deslizó hasta mi trasero y lo apretó con ganas. Involuntariamente se dibujó en mi rostro una casi imperceptible sonrisa de suficiencia.














miércoles, 19 de agosto de 2009

Ensayo Sobre el cuento - Omar Messón

I


La teoría –porque supongo que es una teoría por su carácter especulativo- de que el cuento debe tratar un solo tema, la verificamos en la mayoría de los autores de cuentos que han expresado algunas consideraciones sobre el género; sin embargo ¿es ésta una característica del cuento o es simplemente un elemento repetido con cierta asiduidad en la mayoría de los cuentistas? De comprobarse lo segundo estaríamos frente a un elemento que resultaría menos una fórmula sine qua non que una comprobación estadística. Que todo cuento debe ser intenso es comprensible, pero esta compresión viene dada por el fin último que debe tener todo hecho literario: la purificación de la idea. La intensidad en literatura no significa compresión, eliminación de intersticios, falta de porosidad, la intensidad de la obra literaria viene dada por el correcto manejo de la idea, así, podemos ver que obras tan discursivamente extensas como Los Miserables, La Biblia o el propio Don Quijote de la Mancha no pierden un solo ápice de intensidad que le haya sido robado por la ampulosidad, son verdaderos paradigmas del arte comprimido. La diferencia entre el cuento y la novela ha sido escabroso tema que ha mantenido en vilo al crítico y al diletante. En un tiempo se redujo el problema a su mínima expresión y los críticos creyeron resolverlo diciendo que la novela es extensa y el cuento intenso. Se olvidaban de la novela corta, imperdonable olvido. Esta clasificación está harto alejada de un criterio científico, primero por las razones que acabamos de esgrimir y segundo, porque lo extenso y lo intenso corresponden a categorías intelectivas de dimensiones diferentes, no son conceptos contrapuestos sino que en ocasiones se complementan, no son contrarios, a veces se indiferencian, cada cual hace en su plano lo que tiene que hacer sin violar predios conceptuales ajenos. Creo que no hay la necesidad de volver a los tres monumentos literarios mencionados, pero la halitosis de los críticos que nos secretean al oído las fórmulas inviolables, nos tiene el estómago revuelto.

Julio Torri expresa, con tanto infortunio como dislate, refiriéndose a la verificación de los caracteres diferenciadores en la novela corta y el cuento, lo siguiente: “Se distinguen también en cuanto al público a que van dirigidos, pues el cuento corresponde antes que todo a lectores u oyentes más ingenuos y pueriles, que sólo buscan en él un entretenimiento pasajero o la fácil ejemplificación de ideas morales sencillas.” Por si falta horror en estas infelices declaraciones, Torri nos sigue diciendo en su alocada tozudez: “El cuento corresponde más bien a una etapa en el desenvolvimiento cultural de una nación. La novela corta en cambio va destinada a una clase social especializada en achaque de letras y que sabrá deleitarse con los incidentes dramáticos del relato, con la pintura del color local, con la intención irónica del autor o bien con el tema terrorífico.” En el primero de los infortunios el crítico atribuye al cuento ingenuidad y puerilidad, o, al menos, a los lectores que lo leen; nada más alejado de la realidad, ningún género literario, y el cuento no escapa a ello, viene caracterizado por el nivel intelectual del público que lo consume sino por el nivel intelectual, la sensibilidad y el talento del autor; ninguna obra, ni siquiera la literatura popular, es caracterizada por las condiciones y las cualidades del receptor, sino y sobretodo, por el tipo de asociatividad o linealidad del hecho discursivo. Si nos acogemos a la teoría de Torri habría que asumir entonces que el cuento, la literatura toda, es realizada por un orfebre a quien le toca atender predominantemente a las necesidades y los gustos del consumidor, cuando la realidad –que dista mucho de Torri- es que la obra literaria posee temas que no pueden ser calificados de pueriles, lúdicos o divertimientos pasajeros, sino temas a los cuales es imposible categorizar, colocar en niveles de bondad o maldad en la medida en que tocan aspectos del quehacer humano o al ser humano como entidad en su profundidad intelectiva o en su práctica folklórica. Los ejemplos que corroboran la teoría de Torri hay que buscarlos con lupa, en cambio, los que desmienten al crítico son tantos que hay que clasificarlos por época, lugar geográfico, tendencias literarias, antigüedad o modernidad, en fin, por donde quiera que se coloque el rasero surgirán miles de antagonistas de Torri. Uno de los que se adelantó a desmentir a Torri fue el propio Antón Chejov quien engendró la alquimia de separar el cuento de esa idea errónea de literatura infantil o menor. Fue Chejov quien alejó el cuento de la anécdota, de la enseñanza subjetiva y del afán moralizador. Una de las características del cuento chejoviano era el inicio repentino, era como una carreta que aparecía rauda en el escenario y el lector tenía que abordarla en su proceso de transmigración y, montado ya, el lector se topaba con la realidad de que la obra no concluía, la carreta seguía corriendo y el lector con ella.

Otro caso digno de anotar es el de Franz Kafka, que aunque contravenía a Chejov en la fantasmagoría de sus acepciones narrativas, daba al relato la característica de narrativa subliminal, legible sólo en la subjetividad del lector. Según Harold Bloom, los dos escritores afirmaron lo tácito del relato ¿y no fueron ellos acaso quienes crearon las dos tradiciones cuentísticas más importantes de la modernidad narrativa?

Torri utiliza la expresión “clase social” al referirse al destino de la novela corta cuando en realidad la literatura nada tiene que ver con un principio clasista; si bien es cierto que el facto literario beneficia o perjudica a determinada clase social, esto no significa que exista un principio sociológico que polarice la obra literaria.

El cuento ha tenido un desplazamiento paralelo a las corrientes literarias, incluyendo la cuentística del boom latinoamericano que siguió, en parte, los patrones de la realidad mágica, pero la cautela nos obliga a pensar que el realismo mágico no fue en sí un movimiento literario sino toda una visión sociológica del ser latinoamericano entrampado en sus realidades psicológicas, en sus interioridades, en sus mitos. El cuento debe poco a los rebuscamientos sintácticos, a la búsqueda lingüística, al experimentalismo, el cuento se va por los lados en el desfile de los monumentos experimentales. Alguien podría aludir a las excepciones y lo haría con sobradísima razón y con sobradísimo argumento pero esas excepciones son sólo eso.

Era Cortázar quien decía –y ya esto nos obliga al respeto- que el cuento breve moderno se caracteriza por la economía de medios; las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la nouvelle y de la novela, los exordios, los circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos. Pero esta economía de medios hay que entenderla desde una óptica limitativa, esta economía no significa en modo alguno que el cuento deba renunciar a la explicación ni al exordio obligatorio porque entonces se estaría renunciando a la idea, a la fidelidad del hecho pensado. Cuento no significa recorte, eliminación o rasgado, cuento significa unicidad en la función interpretativa, topicidad extrema, particularidad narrativa.

En el caso de la brevedad como recurso o característica sin la cual no se da el cuento es sólo un planteamiento porque la característica esencial no depende de la brevedad, podemos encontrar en el inventario de los grandes cuentos, ejemplares más largos que muchas novelas cortas, sin embargo esta ampulosidad relativa no lo elimina como cuento porque a pesar de ello posee las columnas vertebrales del género. En cambio, el caso de Augusto Monterroso podría devenir en un mal ejemplo, pues la cuentística de Monterroso –sin ánimo de denigrar su calidad- lo es de récord y de preceptiva, pero no necesariamente los cuentistas deben iniciar una carrera desenfrenada hacia la búsqueda de la brevedad. Todavía no alcanzamos a percibir si "El Dinosaurio" es un cuento o una broma.

Por otro lado, el final sorpresivo no debe constituirse en un elemento sine qua non del cuento, porque la espera obligada de la sorpresa en todo cuento crearía la expectativa y esta expectativa del lector constituiría en sí una antisorpresa. ¿No fue en esto acaso en que Chejov y Kafka innovaron el cuento? Tanto Chejov como Kafka dejan el cuento inconcluso, sin final, aportando a la naturaleza narrativa un ciclo de tiempo en continuo proceso. Qué hace John Steinbeck en Los Crisantemos sino negar el carácter obligatorio de la sorpresa en todo cuento. Y como Steinbeck podemos mencionar miles de ejemplos esclarecedores.

En definitiva, el cuento es de difícil ubicación conceptual porque no se trata de establecer reglas ni decálogos ni santas misas, se trata de que cada autor, cada cuentista penetre de manera tan certera en la realidad que nos cuente el hecho, sólo el hecho, no lo circundante, los ripios, las aristas, sólo le pedimos que nos diga exactamente lo que aconteció.



II



Los grupos artísticos se forman a partir de una idea de congregación de conceptos, de una intención de cercenar el anonimato y la soledad, de una voluntad de charlar, platicar y, a veces, analizar a profundidad tópicos importantes sobre el género o los géneros que une a los conglomerantes y a los conglomerados; comienzan como una pequeña roca en la arena y luego van sufriendo adherencias, los líticos, como atraídos por un gran imán, se van adhiriendo a la roca principal, no como rémoras, sino como un grano de materia con el cual la ostra (la literatura en este caso) va formando una perla que le va dando la forma a una idea de permanencia y muchas veces de trascendencia. Con los Jueves Literarios de Sosúa ha sucedido algo similar, se reunieron poetas, novelistas, cuentistas, a poetizar, a novelar la vida y a contarse cosas esofágicas que, atragantadas en el conducto, buscaban su exorcización. Se fueron adhiriendo rocas, es decir: ideas, talentos, inquietudes. Se fueron leyendo los cuentos y los poemas hasta entonces engavetados en las gavetas del rubor de los artistas, hubo que soplar para quitarle el polvo inexorable del olvido: iban cobrando vida, se manifestaban como posibilidades literarias, comenzaban a manifestar su catarsis interior.

¿Se puede hablar hoy día de consagración del grupo? Si tomamos en cuenta que sus miembros publicaron cuatro libros en el año 2008 (dos libros de cuentos: Ramón Gil, una novela: Oscar Zazo, y un poemario: Omar Messón), y además que con anterioridad se habían publicado dos novelas de Minelys Sánchez, y si tomamos en cuenta además que este grupo ha ganado seis premios literarios en menos de un año: tres Ramón Gil, dos Moisés Muñiz y uno Omar Messón, que recibieron más de una docena de reconocimientos por su labor intelectual, que tienen ocho libros en preparación y que ahora lanzan su propuesta de grupo en esta antología, entonces tendríamos que acordar en que el grupo está consolidado.

¿Pero está conformado realmente el grupo? La idea de grupo o generación ha sido lo suficientemente debatida como para que cojamos miedo de meternos en la bizarra discusión; sin embargo, el miedo no es tanto. Una generación puede distar de otra en muchos aspectos, uno de ellos es el aspecto cronológico, ya Ortega y Gasset habló sobre el asunto y quiso establecer los bornes limitativos, los jalones que delimitaban a una generación y a otra. Quince años de distancia quizás marcan, para Ortega, la diferencia entre una generación y la que le antecedió o la que le sucederá. ¿Pero es esto lo suficientemente científico, es lo suficientemente comprobable? y si lo es ¿cuáles son los elementos irrefutables, irrebatibles que utiliza Ortega para tan osada afirmación? Si examinamos las generaciones literarias más conocidas nos daremos cuenta de que están conformadas por miembros que entre el más joven y el de mayor edad median a veces veinte y tantos años. Ejemplo de sobras hay: generación del 98, del 27, la Generación Perdida de Gertrude Stein, etc. En el grupo que presenta esta antología hay una generación, aunque entre el más joven y el de mayor edad medie una diferencia de más de veinticinco años. Y es una generación porque aunque los miembros se diferencien tanto en término de edad, hay aspectos que los vinculan de manera determinante y que los hacen convertirse en harina de los mismos costales. ¿Y a qué se debe este agrupamiento que podría resultar sospechoso? Se debe a que los miembros, por la influencia intercambiada, leen los mismos libros, terminan enamorándose de los mismos escritores, se contagian de la opinión del otro, de los otros, y terminan compartiendo los mismos gustos literarios; por lo tanto, su conformación es generacional, por la comunidad de concepciones y por el intercambio de experiencias literarias que van creando, si no una obra con la misma calidad, al menos una obra fruto de las mismas experiencias literarias.

sábado, 25 de julio de 2009

Todo Incluido (cuento) - Minelys Sánchez

Harto del súbete y disfrútame, única fantasía erótica que su cuerpo le permitía, Lothar, atraído por documentales que ofertaban, sol, playa y sobre todo, mujeres hermosas, decidió comprar un “paquete” e irse de vacaciones al Caribe.

Romina llevaba varios años en esta aldea sacudida por el turismo en masa, haciendo múltiples oficio para sobrevivir como madre soltera de tres hijos. Ignorando los consejos de su abuela Teresa que en momentos difíciles le decía: - Romina hija mía óyeme bien, sí Dios te lo hubiera puesto en un lado, fuera para tenerlo guardado, pero, ya que te lo puso en el medio ¡úsalo como remedio! Pero Romina había nacido con la convicción de ser una mujer seria.

Desde el principio de su memoria, Lothar había sido esclavo de sus complejos. Su gordura excesiva parecía aumentar sin que nada lograra detenerla y su delirio culinario no le ayudaba. Él era incapaz de frenarse ante la tentación de un “Schweinebraten". Las tardes de fútbol las disfrutaba desde un banco, zampando innumerables bombones de chocolate.

Romina era una mulata bien plantada, de huesos largos y firmes, poseedora de unos encantos misteriosos y una sonrisa cautivadora. Al llegar al pueblo tuvo múltiples ofertas, pero ella, una mujer sensata, prefirió el empleo de camarera en un hotel.

La vez que la madre de Lothar lo puso a régimen tratando de mejorar la figura de su único vástago, el abdomen del chico creció de forma alarmante. – ¡Humm! una salchichita, no me engordará, se decía Lothar al quedar solo en la cocina y sus ojos golosos tropezaban con el refrigerador: - ¡Oh, un par de cacahuates y un helado de mora! Mamá jamás lo notará.

De nada sirvieron médico naturista, desayuno de manzana, almuerzo de coliflor y cena de jugos naturales. Lothar se atoraba de todo cuanto le tenían prohibido. Se convirtió en el hazmerreír de los amigos y sus complejos llegaron a crecer tanto como su enorme cuerpo.

Cuando empezó a trabajar en ese hotel donde le asignaban un edificio de diez habitaciones para terminarla a media mañana, Romina decidió a cambiar de parecer. El salario que ganaba era humillante y el trabajo interminable. Un buen día la mulata reparó en las sabias palabras de su abuela Teresa ¿y por qué no utilizar lo del medio para remedio, y completar el mísero salario con jugosas propinas?

A sus veinticinco años, Lothar había tenido tres romances de unos pocos días y vivía con sus ganas rezagadas. Su mayor ilusión era subirse al menos un instante sobre una mujer. Pero, lo veía cada vez más difícil. Miraba apenado su reflejo en el espejo. Esa panza gigante, esas piernas cortas y esa cabeza pequeña como un coco, parecía el personaje de un circo. Pero ese invierno, Lothar se animó. Dejó a su madre y su romántica ciudad a la orilla del Rin y partió al Caribe lejano.

Las compañeras no entendían de qué mañas se valía Romina para sacar tanta propina y se esforzaban pasándoles periódicos a los espejos para dejarlos brillantes. Restregaban los inodoros con cloro hasta dejarlos tan blancos como perlas y arrastraban con sus escobas la más mínima hebra de cabello. Pero ninguna obtuvo más propina que Romina.

Esa mañana, llegando al comedor, Lothar advirtió que había olvidado su brazalete de „todo incluido“ y volvió a buscarlo. Romina, que empezaba a limpiar el cuarto, le ofreció una sonrisa bellaca que tradujo sus intenciones. Sobre su blusa sin hombreras, que ella se bajaba con malicia, se notaban sus senos voluptuosos. Y si al entrar en una habitación notaba que se trataba de hombre soltero (porque eso sí, Romina jamás se metía con un hombre casado) la mujer se recogía la falda de tal manera, que cuando se bajara quedaran en evidencia sus encantos.

Lothar vio más que una simple ropa íntima cuando la camarera se agachó a recoger ¿quién sabe qué cosa? Su enorme corazón se estremeció como sacudido por una descarga eléctrica. No hicieron falta las palabras. Los encantos de Romina derrumbaron el muro de los idiomas y Lothar se lanzó sobre ella como un exaltado ejército contra un bando enemigo.

Romina no se dio tiempo a calcular la cantidad de kilos que se había echado encima, hasta que sintió que no podía respirar y un amargo sabor a sangre le inundó la boca. Aplastada bajo esos quintales de grasa, creyó que su final había llegado y empezó a pedir auxilio. Su voz como salida de un subterráneo llegó a los oídos de sus compañeras.

¡Está muerto! Gritaron al unísono.

Romina, confundida abandonó el lugar como alma que lleva el diablo. Lothar quedó ahí. Con una leve sonrisa asomada en su semblante sin vida.

martes, 30 de junio de 2009

El tirano - Gralia Herrera (cuento)

A las dos de la mañana, el hombre la llamó.
-Estoy en su puerta.
Los dos niños dormían. Su primer impulso fue decirle no, no es posible albergarle ahora, sabiendo el riesgo que correrían, sin embargo, le respondió:
-Un momento, ya le abro.
Le acomodó el sofá de la sala. Él tenía frío y no tenía ganas de hacer nada, pero era un compromiso. Afuera llovía a cántaros. Le ofreció un té caliente y unas cobijas.
-Buenas noches, dijo ella.
-Buenas noches, fue la simple respuesta del hombre.
-No hablaron más que lo imprescindible. Ella se marchó a su cuarto, y supuso que el hombre se iría a dormir.
-Qué rara sensación la de esconder perseguidos. La tensión a veces era insoportable. Estaba cansada.
-El hombre no dormía, tampoco. Tenía el rostro adusto, quizás por el peligro o los sufrimientos. Pensaba en cómo sabría si pasaba algo grave o si debía partir a ayudar a tiempo, en este fin del mundo. La pobre aldea no tenía mucha comunicación y no quería ser muy molesto con la esposa del compañero, aunque él le había dicho que era discreta y confiable, no sabía hasta dónde podría saber lo que pasaba si algo se complicaba.
-Justo hoy que íbamos a matarlo, no se apareció el muy hijo de puta. Envió a un delegado. El viejo era raro, como si adivinara lo que le esperaba. Todos estábamos allí paralizados. Esperando. Mi amiga me dijo antes de partir que no fuera y tuve un mal presentimiento ¿O quizás fue miedo? Pero es la causa, la vida misma...
-Un chillido lastimero de ave nocturna interrumpió mis pensamientos ...
-De repente como a las tres, tocan de nuevo a la puerta. La mujer se levanta y abre de nuevo.
-Es el compañero, el esposo. Empapado, con los zapatos llenos de barro, ropa sencilla y vieja, pero llevada con dignidad, viene con firmeza aunque cansado. Abraza a su mujer, me saluda al verme aún despierto en el sofá.
-Vinieron a mi cabeza las mismas escenas de cuando mi padre llegaba a casa y abrazaba a mi madre cuando yo era un niño. Hay quietud, silencio. La mujer se va. El compañero habla por fin: No quiero asustarte, pero...
Y yo respondo interrumpiéndole:
-¿Han salido vivos? ¿Lo han hecho?
El hombre responde:
-Algunos han caído...y de hoy en adelante no estaremos seguros...(lo dice con una desgarradora desesperanza)
Y la pregunta de fuego
-¿Ha muerto el maldito?
-Sí.
Mi pensamiento ahora es liviano como una pluma...no me importa lo que pase. Ha valido la pena.

viernes, 19 de junio de 2009

El otro niño de Maira - Domingo Gómez (cuento)

Ayer, cuando eras un niño, la vida era tan sencilla: consistía en levantarse temprano, ir a la escuela y pasarse la tarde jugando, sin mortificarse mucho, sin pensar para nada en el futuro. El presente de aquel tiempo era tan perfecto que soportaba un vistazo a un mañana.

Hoy, por el contrario, la vida se te ha hecho muy difícil. Esta mañana te vi salir temprano a vender tu bandeja de quesos y me acordé de que hace apenas un año te levantabas a la hora que querías.

Porque más que no trabajar, hiciste de tu vagancia una religión, hasta que Maira salió embarazada y te la hicieron llevar y te diste de golpe contra la superficie áspera de la vida.
Desde el momento en que vendiste la primera lonja de queso en la parada de autobuses sentiste un deseo incontrolable de orinar, pero el baño estaba fuera de servicio y si te orinabas en el árbol de la rotonda sería a conciencia de que perjudicarías tu negocio.

Entonces recordaste la forma en que nos divertíamos orinando cuando éramos niños; de las competencias para ver quién llegaba el chorro más lejos, de esos domingos en que nos subíamos a los árboles a orillas del camino real y le enseñábamos los bimbines a las hijas de doña Hucha.

Quisiste por eso volver a ser niño, sólo para descremarte como los perros en la goma de un carro y sin que nadie dijera nada.

Saliste de la parada a paso rápido, deseando de todo corazón que nadie te detuviese. Pero lo hicieron. Primero fue un limpiabotas que te regateó tanto el precio que tuviste que regalarle el queso para salir de él. Una señora te detuvo para pagarte un fiado que no esperabas cobrar y de paso te preguntó por Maira y el bebé, y finalmente, para empeorar tu mala suerte, te salió al paso el equipo de béisbol del barrio y tuviste que aguantarte las ganas quince minutos más, en los que volviste a tener despierto tus sueños de niño de ponerte una capa y convertirte en Supermán, no para salvar al mundo, que por ti se podía ir a la mismísima mierda, sino para desde el aire causar un pequeño diluvio. Pero tú sabías que si pudieras no lo harías, porque la vez que estuviste más cerca de volar fue cuando de niño nos robamos aquel enorme cartel de un candidato presidencial y con él construimos aquel avión de papel de proporciones descomunales.
Como tú eras el más flaco y bajito de todos te ofreciste para hacer el vuelo de prueba.
Recuerdo la mirada con la que desafiaste las fuerzas de la naturaleza aquella tarde y tu cara ensangrentada cuando juraste jamás montarte en un avión.

Cuando despachaste a los jugadores, saliste de la carretera decidido y entraste en el camino real con rumbo al río. Ahí dejaste caer la bandeja de queso, te bajaste la bragueta aprisa y lanzaste un largo chorro como cuando niño.

Observaste como los orines diferenciaban del agua por la línea amarilla que dejaban. Te acordaste que cuando niño, en ese mismo río, hundiste miles de barquitos de papel en las tardes en que sólo deseabas perder el tiempo.

Fue cuando te sacudías que te diste cuenta del líquido picante en tus piernas, del olor inconfundible y tuviste certeza de la realidad en que te encontrabas por primera vez.
Cerraste lo ojos con fuerza y con mucha rabia y cuando los volviste a abrir estabas acostado de lado en la cama, con los ojos de Maira fijos en los tuyos.

—Te measte — dijo ella.

Pero tú sabías que la cosa no era tan sencilla y que desde ahora Maira no te vería tan hombre.
-Mierda- dijiste, pero te habías mostrado vulnerable y de ahora en adelante, serías un segundo niño para ella.